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WILLA CATHER

Willela Siebert Cather nació en Virginia, en 1873. Perteneció a una familia de origen irlandés y alsaciano. Se empeñó en cambiarse el nombre en recuerdo de un tío suyo, William Sibert Boak, y acabó firmando Willa Cather. Cuando tenía nueve años, la familia se mudó a una granja cerca de Red Cloud.

Allí asistió a las funciones de las compañías teatrales y de ópera que recorrían el territorio norteamericano e incluso allí, en el fin del mundo, fomentaban el gusto y la tradición del gran arte europeo que los pioneros, como la familia Cather, se esforzaban por no olvidar.

Durante algunos años ejerció de profesora universitaria en Pittsburg. Conocía muy bien su materia -la literatura-, y en sus clases era exigente, clara y trabajadora. Pero no parece haber tenido gran vocación por la enseñanza, y en 1905 vuelve al periodismo y se instala definitivamente en Nueva York como redactora y editora de la revista McClure's Magazine. Siete años después, en 1912, publica su primera novela, Alexander's Bridge, que le permite empezar a alejarse del periodismo para ir dedicándose cada vez más a la literatura. Sus novelas sobre la vida de los pioneros, la guerra europea (One of Ours, 1922, premiada con el Pulitzer) o los cambios en la vida americana (The Professor's House, 1925) le valieron una inmensa popularidad, que agradeció pero intentó eludir.

Ocultó siempre su vida privada, hasta el punto de que las cartas que no consiguió destruir antes de su muerte están embargadas y no se pueden editar. Fiel a una idea muy seria de lo que el ser humano debe a su destino, su vida se centró en el cumplimiento de su vocación literaria. Como no se le conocen amores masculinos y en su juventud tuvo la fantasía de vestirse de hombre, se ha especulado sobre su lesbianismo, que no parece improbable. Mantuvo grandes amistades con algunas mujeres, como Edith Lewis o Isabelle McClung. Isabelle se casó con un músico, Jan Hamburg, al que Willa Cather debe buena parte de los conocimientos musicales que con tanta inteligencia aparecen reflejados en El canto de la alondra. Willa Cather solía visitar a sus amigos en verano, en su casa de Jaffrey, New Hampshire, y en esas temporadas escribió algunas de sus mejores obras. Allí fue enterrada tras su fallecimiento en 1947.

Luego vendrán los años de trabajo, aún más árido que el que ha dejado atrás, hasta que de pronto, dando vida a Sieglinde en el Met, durante el primer acto de La Walkiria, se da cuenta de que ha alcanzado la plenitud de su arte, aquello con lo que siempre había soñado, la naturalidad absoluta que le había sido esquiva. Entonces entiende que la "madurez artística consiste, más que cualquier otra cosa, en un sentido cada vez más refinado de la verdad". Es el trayecto ideal de Willa Cather, que seguirá profundizando en estas historias de integridad y exigencia personal hasta llegar a contar la vida de un santo, un misionero francés en el Sudoeste americano, en la bellísima novela La muerte llama al arzobispo (1927). Lo mismo ocurre con el estilo, cada vez más depurado, abstracto y sensual a la vez. En El canto de la alondra alcanza momentos de alta emoción, bañados todavía de entusiasmo juvenil. Willa Cather podó una décima parte de su novela, sobre todo de los capítulos dedicados al éxito de la protagonista.

Casi al mismo tiempo que el éxito inicial, a Willa Cather le empezaron a llegar las críticas. Habiendo vívido entre dos siglos, bastantes de los escritores contemporáneos, sobre todo los que iban a marcar la modernidad en literatura, como Hemingway, desdeñaron su pulcritud estilística, su apego al decoro en la narración. Por esos mismos años, una crítica impregnada de izquierdismo la tildó de conservadora nostálgica. Más tarde pareció que los postmodernos darían una oportunidad a una mujer que, además de haber tenido que luchar para salir adelante como escritora, se había sentido atraída por otras mujeres. Pero Willa Cather, como los creadores de América, no renunció nunca a los valores universales y al gran estilo occidental. Así que esta escritora clásica, todavía popular, ha acabado convertida en una outsider.

Cather era de espíritu sensitivo y selectivo, y sus maestros en el ámbito de las letras fueron Flaubert y Henry James, mientras sus preferencias literarias instintivas se dirigían hacia los exquisitos artífices de la prosa, Hawthorne, Turguenev, Mérimée, Conrad y Stephen Crane.

  • Alexander's Bridge (1912) 
  • O Pioneers(1913)
  • The Song of the Lark (1915)
  • My Ántonia (1918)
  • One of Ours (1922)
  • A Lost Lady (1923)
  • The Professor's House (1925)
  • My Mortal Enemy (1926)
  • Death Comes for the Archbishop (1927)
  • Shadows on the Rock (1931)
  • Lucy Gayheart (1935)
  • Sapphira and the Slave Girl (1940)

 

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